Gerardo Barbadillo creía que, gracias al tesón incondicional que tanto su esposa como él profesaban, habían colmado sus mutuas aspiraciones. Al terminar los estudios de universidad, Gerardo, convertido ya en un hombre diligente y entregado, encontró un empleo en la banca. Trabajaba en una oficina del centro; atendiendo a los clientes con una sonrisa y celebrando sus comisiones, que ascendían a una cuantiosa suma.
Luego de una relación estable y duradera con su novia Martina, de cerciorarse de que en el futuro que vislumbraba ella estaba siempre a su lado, pidió su mano. Con el dinero que había ahorrado compró un hermoso anillo de compromiso. Preveía que, aunque Martina no lo había mencionado de forma directa, deseaba comprometerse y vivir juntos. Ella aceptó radiante e incluso fingió sorprenderse con su iniciativa. Se abrazaron emocionados mientras sonaban los aplausos del resto de comensales del restaurante. Encontraron un piso en una zona céntrica, a orillas del Arlanzón. Indagaron en busca del lugar idóneo para el casamiento. El Palacio de Castilfalé, erigido en las lindes de la Catedral burgalesa, sería perfecto para tan singular acontecimiento. La ceremonia se celebró ante dos centenares de invitados, que se apartaban de los peregrinos que subían por Fernán González; que rieron y esparcieron confeti por la acera mojada y celebraron la dicha que había unido a la pareja.
En los meses siguientes a la boda, que había legado unas facturas escandalosas, siendo éstas sufragas por la familia del novio como regalo, vivieron su amor con una intensidad desbordante. Hicieron el amor sin descanso, en cualquier estancia de su nueva vivienda; descubrieron nuevos rincones y posturas, que habían permanecido ocultas durante sus años de noviazgo. Martina era despierta, casi vivaracha; profesaba la creencia de que <<hay que aprovechar cada momento al máximo>>. Gerardo gustaba del sosiego y la paz de su despacho, que había instalado en una de las habitaciones; allí leía a los clásicos y preparaba las reuniones para el trabajo. Gracias a su mutuo conocimiento supieron compatibilizar sus preferencias; acudían con asiduidad al teatro aun se privaban de alternar con sus viejas amistades, a las que vieron cada vez con menor frecuencia.
Con el transcurso de unos años de agradable pero rutinaria convivencia, Martina manifestó su deseo de tener hijos. Se veía enseñando a su criatura a hablar, montar en bicicleta o resolver los deberes del colegio. Se veía feliz y ajetreada, cambiando pañales y jugando al escondite; embaraza, palpando su vientre y cavilando cómo podría ser su retoño. Aquellas suposiciones le proporcionaban el ánimo que había disfrutado durante los primeros años de matrimonio; una animosidad que había ido languideciendo. Un hijo conllevaría una inmensa responsabilidad aun no experimentaba ningún miedo al cambio. Creía que era el momento y así se lo hizo a saber a Gerardo; que respondió que hablarían más adelante.
Su marido siguió trabajando sin descanso. Una mañana el director de la oficina hizo llamar a Barbadillo. Ante la disimulada mirada de sus compañeros, que despachaban con desgana a los clientes e intercambiaban susurros apagados, recorrió confiado el pasillo y se plantó frente al director.
- Por favor, Barbadillo, tome asiento – dijo el director.
- Dígame – dijo Gerardo reclinándose en la silla.
- Como sabe estamos muy satisfechos de su labor.
- Gracias, señor.
- No es necesario que me dé las gracias; tampoco ha de tratarme de señor. Ambos nos conocemos lo suficiente como para dejar de lado las formalidades.
- Cierto.
- En Jaén va a quedar una plaza libre, dentro de poco tiempo; el director va a aceptar la jubilación anticipada que propone la empresa, no es ningún secreto.
- Es una pena.
- Ya... El banco ha pensado en usted para cubrir la vacante. Como supondrá, su sueldo se elevaría en consonancia con las responsabilidades del puesto, en caso de que aceptara. Además contaría con un complemento, por el traslado.
- Es una gran noticia.
- Aún no he redactado el contrato, pero quiero que lo piense.
- En una semana obtendrá la respuesta. Entiéndame, debo consultarlo con mi mujer.
- ¡Claro! ¡No se preocupe!
Gerardo estrechó la mano de aquel hombre. Habían sido compañeros durante un tiempo considerable, viéndose de lunes a sábado y, sin embargo, existía una distancia plausible entre ellos; aquella que se forma con un extraño del que resulta comprensible desconfiar. Con el resto de compañeros tenía una relación más cálida; había trabajado también para ello, interesándose por sus opiniones, que le resultaban más bien aburridas y repetitivas – como si cada compañero introdujese un absurdo matiz -. <<Ahora yo dirigiré una oficina entera>> se dijo conduciendo su automóvil, rodeando la estatua del Cid. Apretó el acelerador. Estaba eufórico; iba a ser recompensado. Encontró un semáforo en rojo y abrió la guantera y cogió el paquete de cigarrillos; encendió un pito y dio una larga chupada. Después volvió a acelerar, estremeciéndose por el viento que se colaba por la ventanilla.
Cuando llegó a casa Martina ojeaba unas revistas en el salón, sobre el sofá de cuero. En la televisión había un documental sobre la sabana. Cogió el mando y apagó el aparato y los rugidos se perdieron.
- ¿Qué haces? – Preguntó Martina.
- Cariño... ¡Adivina! – Dijo Gerardo agitando las manos.
- ¿Qué? ¿Qué ocurre?
- Me han ofrecido ser director de oficina.
- ¿De verdad?
- Sí.
- ¡Oh! – Martina permaneció unos instantes en silencio – ¡Es maravilloso, mi vida! – Se acercó hasta él y le besó en la mejilla -.
- Llevaba esperando esto desde hacía mucho.
- Es genial.
- Es en Jaén.
- Pues...
- Sé que nos hemos empeñado mucho para esta casa luzca – dijo Gerardo extendiendo los brazos.
- Pero a esta casa le falta algo. Ya lo sabes.
- Será genial. ¡Menudo sueldo voy a tener!
- Qué gran noticia...
- ¿Qué me dices a lo de mudarnos?
- Yo no trabajo así que ¿Qué impedimentos podría haber?
- Será genial, te lo prometo.
Barbadillo reservó mesa en un restaurante reconocido, con el objeto de celebrar la noticia. Cada cumpleaños, cada fecha señalada, comían fuera. El matrimonio fue conducido al último piso, donde disfrutaron de pasta bañada en queso suave y de pato confitado. Una pareja coqueteaba en la mesa contigua, olvidándose de que había llegado la hora del postre.
- ¿Me estás escuchando? – Preguntó Martina sorbiendo su copa de vino.
- Claro – dijo Gerardo.
- En Jaén deberíamos buscar un chalet adosado, para que los niños...
- Por favor, hoy no.
- ¿Entonces cuándo?
- Ya hablaremos de eso.
- Siempre te excusas.
- Cariño, no es cierto.
- Sí lo es. Siempre hablamos de tu estupendo trabajo.
- ¿De qué quieres hablar?
- ¡Te lo estoy diciendo!
- No es el momento.
- Nunca lo es.
- Tú siempre hablas de que no sé quién ha sido madre. Siempre estás hablando de tener niños. Llego a casa y estás con esas malditas revistas.
- Yo te amo y haría cualquier cosa por ti. Si hace falta nos marcharemos de esta ciudad para que dirijas otra maldita oficina. Ni siquiera sabes cuánto necesito un hijo, cuánto ambiciono ser madre.
- Si te soy sincero – Gerardo agachó un poco la cabeza y observó el mantel– no quiero ser padre. Nunca lo he querido.
- ¡Pero lo necesito! – Gritó Martina. La pareja de al lado los miró de soslayo -.
- Cómo lo vas a necesitar.
- ...
- Martina: Existe una línea muy delgada entre deseo y necesidad.
- ¿Y lo dices tú?
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