En mi ciudad hay callejuelas intrincadas y avenidas comerciales, aparcamientos para autobuses y museos sobre la evolución humana, casonas abandonadas y hogares que acaban de formarse en cincuenta metros cuadrados, jardines recién segados y caminos terrosos, monumentos y arcos del Medievo, suicidas y asesinos, mujeres maltratadas y hombres que las golpean para acto seguido balbucir: Te amo. No puedes dejarme. Amor o muerte.
Aun si por algo se conoce mi ciudad es por la ingente cantidad de baños portátiles y dispensadores gratuitos de bolsas de papel y pañuelos que instaló el Ayuntamiento. Tras el estudio de costosos estudios económicos los mandatarios públicos se cercioraron de que los turistas se mostraban reacios a visitar nuestra ciudad. Y es que no debe resultar agradable que, si decides visitar un lugar y de paso entrar a disfrutar una obra de teatro, por ejemplo, te encuentres con la desagradable escena - durante el primer acto - de varias personas en el público que vomitan después de terribles espasmos que sacuden sus esqueléticos y ateridos cuerpos.
Aquí la gente no caga por el ano; cagamos por la boca. Mis vecinos creen que están vivos; yo mismo creo vivir, aunque empiezo a preguntarme ¿Pulular por las largas avenidas de escaparates relucientes con la mano en el estómago, con la mirada perdida y un pavor imborrable en los ojos, tratando de espantar el frío y la desesperanza que siembra el Vómito no sería en todo caso sobrevivir de mala manera?
El Ayuntamiento hizo todo lo posible para atraer a la gallina de los huevos de oro; colocó lavabos para que pudiéramos cagar por la boca sin manchar todo de mierda y regaló bolsas que, al introducir el hocico, exhalaban un agradable olor. El problema es que los turistas sorteaban los vómitos que habían abnegado las alcantarillas pero no podían desplegar los parasoles ni untarse sus cremas solares. Pobres turistas.
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