Ayer recibí una terrible noticia.
Como cualquier día, mamá condujo hasta el instituto; yo entrecerraba los ojos, dado que apenas había dormido la noche anterior, y es que estaba tan nervioso que no dejaba de dar vueltas y levantarme para ir a la cocina. Cuando llegamos vi en la puerta a dos chicas que daban saltos de alegría y que gritaban que habían aprobado. Otros compañeros, los que tienen un futuro negro porque ni siquiera se preparan un examen el tiempo suficiente, fumaban y miraban los boletines con una mezcla de rabia e indiferencia. Había llegado el momento de recoger los frutos del esfuerzo que supone ocuparse de los trabajos, los comentarios de texto y los ejercicios matemáticos y de inglés, además, claro, de sentarse a subrayar, resumir y memorizar los tediosos y soporíferos textos de todas las asignaturas del curso.
Debo confesar que este semestre las cosas se han torcido. En demasiadas ocasiones ocurrió que, estando en clase, sentado en mi pupitre, estaba yo en otros lugares; quizás con una chica en la cama o en una playa paradisíaca, o jugando al fútbol y marcando goles imposibles. El caso es que esperaba a que el profesor explicara la lección, y rezaba para que no dijera mi nombre y tuviera que salir a la pizarra; en cambio, copiaba lo que allí se escribía y dibujaba, sin atender a la forma en que se resuelve una fracción o se escribe tal o cual palabra en inglés. Oía voces que percibía como si fueran lejanas y extrañas. Durante las semanas anteriores a los exámenes prometí que iba a concentrarme, pero en cuanto ojeaba unos apuntes incomprensibles y confusos volvía a transportarme, a dejar que la imaginación se desbocara; otras veces sólo encendía el televisor esperando que las horas murieran, de tal forma que la ansiedad aumentaba ante la fatídica fecha de inicio de las pruebas, que se presentó sin que estuviera preparado.
En esto pensaba cuando subí las largas escaleras, hasta el penúltimo piso. Después anduve por los sombríos pasillos que conectaban la planta, escuchando lloros y risas, saltos y puertas que se cerraban con violencia; tenía miedo y mis piernas comenzaron a flaquear, un sudor frío comenzó a empañar mi rostro aterido. Al fin llegué al aula de 4ºB. Llamé a la puerta con los nudillos y el profesor escarbó entre la montañita de papeles que portaba; me tendió el sobre, mostrando un gesto de desaprobación con la cabeza. Abrí la carta y me derrumbé; había suspendido cuatro asignaturas. Sentí ganas de llorar, pero contuve las lágrimas. Jamás hasta ese momento había suspendido. Me convertiría en uno de mis compañeros con un futuro negro o, peor, en un indigente.
Recuerdo que mamá solía decirme, cuando volvía del instituto, que si no me aplicaba y entregaba con tesón, acabaría pareciéndome al mendigo que pedía limosna en San Lesmes. Nosotros acudíamos a dicha parroquia, y observábamos cómo un pobre hombre se humillaba para conseguir cuatro duros que le permitieran una comida que llevarse a la boca. Tenía la cara mugrienta y arrugada, el pelo sucio y casposo, los ojos legañosos y tristes; vestía una ropa rasgada y agujereada por el frío que sopla en esta ciudad. Un pobre desgraciado.
Supongo que el indigente fue, en su tiempo, un estudiante que declinó el esfuerzo y la determinación que los estudios requieren; que trató de buscar trabajo, pero al mostrar un currículum tan pobre los empleadores ni siquiera lo tomarían en cuenta. El mendigo continuó viviendo en casa de su madre hasta que murió y la calle se presentó como su hogar, un gélido y desgarrador laberinto en que tratar de sobrevivir a las inclemencias, la depresión y la enfermedad.
Yo he suspendido cuatro asignaturas, joder. Si no consigo el título de la ESO, nunca accederé a los cursos preuniversitarios del bachillerato, con que lo más seguro es que jamás entre en ninguna universidad que me permita formarme; las chicas se reirán de mí y jamás podré viajar con la que me gusta a una playa paradisíaca, en ese momento estaré solo y la calle proclamará a un nuevo exiliado de esta sociedad.
¿Y cómo se lo voy a decir a mamá? ¿Qué diré cuando la abuela pregunte cómo han ido las notas? Vivo en una familia de posibles, y mis primos ya saben que serán abogados, médicos o que estudiarán arquitectura técnica en Sevilla. Sin embargo yo seré la oveja negra, el apestado que vierte sus malos olores e una apacible y abundante cena de Navidad.
No podría soportarlo. Estoy perdido.
Como cualquier día, mamá condujo hasta el instituto; yo entrecerraba los ojos, dado que apenas había dormido la noche anterior, y es que estaba tan nervioso que no dejaba de dar vueltas y levantarme para ir a la cocina. Cuando llegamos vi en la puerta a dos chicas que daban saltos de alegría y que gritaban que habían aprobado. Otros compañeros, los que tienen un futuro negro porque ni siquiera se preparan un examen el tiempo suficiente, fumaban y miraban los boletines con una mezcla de rabia e indiferencia. Había llegado el momento de recoger los frutos del esfuerzo que supone ocuparse de los trabajos, los comentarios de texto y los ejercicios matemáticos y de inglés, además, claro, de sentarse a subrayar, resumir y memorizar los tediosos y soporíferos textos de todas las asignaturas del curso.
Debo confesar que este semestre las cosas se han torcido. En demasiadas ocasiones ocurrió que, estando en clase, sentado en mi pupitre, estaba yo en otros lugares; quizás con una chica en la cama o en una playa paradisíaca, o jugando al fútbol y marcando goles imposibles. El caso es que esperaba a que el profesor explicara la lección, y rezaba para que no dijera mi nombre y tuviera que salir a la pizarra; en cambio, copiaba lo que allí se escribía y dibujaba, sin atender a la forma en que se resuelve una fracción o se escribe tal o cual palabra en inglés. Oía voces que percibía como si fueran lejanas y extrañas. Durante las semanas anteriores a los exámenes prometí que iba a concentrarme, pero en cuanto ojeaba unos apuntes incomprensibles y confusos volvía a transportarme, a dejar que la imaginación se desbocara; otras veces sólo encendía el televisor esperando que las horas murieran, de tal forma que la ansiedad aumentaba ante la fatídica fecha de inicio de las pruebas, que se presentó sin que estuviera preparado.
En esto pensaba cuando subí las largas escaleras, hasta el penúltimo piso. Después anduve por los sombríos pasillos que conectaban la planta, escuchando lloros y risas, saltos y puertas que se cerraban con violencia; tenía miedo y mis piernas comenzaron a flaquear, un sudor frío comenzó a empañar mi rostro aterido. Al fin llegué al aula de 4ºB. Llamé a la puerta con los nudillos y el profesor escarbó entre la montañita de papeles que portaba; me tendió el sobre, mostrando un gesto de desaprobación con la cabeza. Abrí la carta y me derrumbé; había suspendido cuatro asignaturas. Sentí ganas de llorar, pero contuve las lágrimas. Jamás hasta ese momento había suspendido. Me convertiría en uno de mis compañeros con un futuro negro o, peor, en un indigente.
Recuerdo que mamá solía decirme, cuando volvía del instituto, que si no me aplicaba y entregaba con tesón, acabaría pareciéndome al mendigo que pedía limosna en San Lesmes. Nosotros acudíamos a dicha parroquia, y observábamos cómo un pobre hombre se humillaba para conseguir cuatro duros que le permitieran una comida que llevarse a la boca. Tenía la cara mugrienta y arrugada, el pelo sucio y casposo, los ojos legañosos y tristes; vestía una ropa rasgada y agujereada por el frío que sopla en esta ciudad. Un pobre desgraciado.
Supongo que el indigente fue, en su tiempo, un estudiante que declinó el esfuerzo y la determinación que los estudios requieren; que trató de buscar trabajo, pero al mostrar un currículum tan pobre los empleadores ni siquiera lo tomarían en cuenta. El mendigo continuó viviendo en casa de su madre hasta que murió y la calle se presentó como su hogar, un gélido y desgarrador laberinto en que tratar de sobrevivir a las inclemencias, la depresión y la enfermedad.
Yo he suspendido cuatro asignaturas, joder. Si no consigo el título de la ESO, nunca accederé a los cursos preuniversitarios del bachillerato, con que lo más seguro es que jamás entre en ninguna universidad que me permita formarme; las chicas se reirán de mí y jamás podré viajar con la que me gusta a una playa paradisíaca, en ese momento estaré solo y la calle proclamará a un nuevo exiliado de esta sociedad.
¿Y cómo se lo voy a decir a mamá? ¿Qué diré cuando la abuela pregunte cómo han ido las notas? Vivo en una familia de posibles, y mis primos ya saben que serán abogados, médicos o que estudiarán arquitectura técnica en Sevilla. Sin embargo yo seré la oveja negra, el apestado que vierte sus malos olores e una apacible y abundante cena de Navidad.
No podría soportarlo. Estoy perdido.
Desgarrador. Escribes muy bien. Va a haber que hacerte caso y empezar a escribir, jeje.
ResponderSuprimirUn saludo.