1/03/2012

El Doctor Paradox (Capítulo V).



    Sumido en la oscuridad y el silencio absoluto, comencé la escalada a la cumbre. Luego del trascurso de un tiempo impreciso, el silencio fue interrumpido por una lluvia de piedras que bajaban decididas por mí, conque aplasté mi cuerpo contra la pared de la montaña; las rocas no me alcanzaron sino que fueron rodando  hasta estrellarse en el fondo. Acorralado por el frío y la angosta subida, caí en la nieve.  Fui rescatado por una vigorosa fuerza que me encaramó a la cima más elevada de las Montañas Nevadas, al palacio de ámbar y oro donde habitaba Paradox.
    Recibí a los cinco campesinos que había visto cruzando las dunas, en mi aposento. Me llevaron abundante y sabrosa comida  y una bebida agriada, quizá una preparado medicinal; asimismo trajeron una pipa, que todos probamos. Después pregunté dónde me encontraba, aunque conocía la respuesta. Por el ventanal de la habitación en la que reposaba, vislumbré el esbozo blanquecino del valle; allí, aquella mujer me había invitado a entrar en su cabaña. Hice una seña a uno de los labriegos para que acercaran mi mochila, que estaba tan deteriorada como su ropa, y saqué mi cámara; traté de encuadrar y enfocar de un modo correcto la fotografía, por la que cobraría un dinero extra. Pero, el mismo hombre que me había dado el aparato, me lo arrebató con un hábil movimiento. << ¿Qué ocurre?>> pregunté. << Aprende a comportarte. Estás en casa de Paradox;  ha cuidado de que no te conviertas en presa de los pumas que se esconden en las cavernas >> respondió él. << Perdone, es que estoy… >> dije.
    Me levanté y estreché las rugosas y curtidas manos de esos hombres. Parecían ofendidos por la imprudencia que acaba de cometer; afirmaron que iban a presentarme ante Paradox. Temí que, igual que me habían salvado, me abandonaran a la intemperie. Lejos de mis desconfiadas suposiciones, fui conducido por los pasillos inagotables del palacete; las galerías recorrían sus entrañas, que desembocaron, después de que los campesinos repitieran varias veces su canción, a una especie de trono de metal. A pesar de los obstáculos, había ahuyentado otro fracaso. << Así se moldean los grandes periodistas >> pensé.
    Paradox era un anciano de rostro níveo, de una fragilidad pasmosa, de cuerpo venido a esqueleto y ojos de cuencas vacías; tuve la impresión de que estaba enfermo, como si aguardase en su palacio a la muerte; como si fuera un rey depuesto o un emperador exiliado; al respirar emitía unos ligeros gemidos de dolor, que se producían por la sala y atravesaban las pilastras bañadas en oro. << Podéis abandonar la sala>> dijo el viejo con su voz áspera.
    Los campesinos se fueron.
-    ¿Usted es Paradox? – Pregunté.
-    Sí – dijo.
-    Yo soy Juan de Vivar, periodista. Me gustaría hacerle unas preguntas, para que nuestros lectores le conozcan.
-    Escúcheme con atención, estimado invitado.
-    Le escucho.
-   No va a entrevistarme. Deseche la idea. Si resido en la cumbre más alta de las Montañas Blancas es porque deseo paz y quietud. Antes otros han preguntado por mí y han obtenido vagas contestaciones.
-    Pero…
-    Mire, estoy muy débil.
-    ¿Está enfermo?
-    …
-    Podría conseguir medicinas de nuestros hospitales para usted.
-    Déjelo.
-    De acuerdo.
-    Estuve en multitud de hospitales. ¿Sabe que ocurría? Dichos hospitales estaban repletos de pacientes que se quejaban, y por nadie que atendiese sus súplicas.
-    ¿De veras?
-    …
-    He venido desde muy lejos; he atravesado las dunas, corriendo de la mordedura de las serpientes, sobreviviendo a fuertes tormentas del desierto; los soplos del diablo, señor Paradox. He atravesado los barrancos y he bebido infectos charcales;  arribado a estas montañas y burlado el despeñe y el abismo, sumiéndome en la duda y la perdición de la penumbra. Por favor, le ruego que conteste a unas pocas preguntas; dos o tres sencillas cuestiones, sólo pido eso. Tengo dinero – dije sacando los billetes y las monedas que portaba.
-    Guarde su dinero, no sirve en este lugar. Le acabo de pedir que deseche esa idea. De lo contrario tendré que advertir a mis sirvientes para que lo despachen.
-    ¿Se refiere a esos labriegos que me han guiado hacia aquí?
-    Sí.
-    ¿A ellos no les paga con dinero?
-    Soy su señor; el señor del valle y de las tierras que cultivan.
-    Comprendo.
-    Sin embargo, existe un problema – dijo Paradox respirando de forma entrecortada.
-    ¿Cuál?
-    Creo que es bastante visible que me encuentro débil. Para mantener a raya las ansias de rebelión de los campesinos debo fortalecerme. Si llego a adoptar mi forma idónea, jamás se atreverán a sublevarse.
-    ¿Cómo se fortalece?
-    A través de los sueños.
-    Entonces podemos efectuar un trato - dije sin creerle.
-    ¿Cuál?
-    Yo le transfiero mis sueños y usted contesta a las preguntas que formule.
-    Imposible.
-    …
-    Le propongo, por el contrario, otro asunto.
-    Adelante.
-    Si usted me transmite uno de sus sueños entonces yo desvelaré uno de mi propiedad; a lo largo de mi dilata existencia he acumulado sueños de gran valía; conozco los sueños de los hombres que levantaron las grandes maravillas del mundo, que escribieron las páginas de la historia y aquellos que pertenecían a los hombres más insignificantes.
-    Me encantaría llevar a buen término el trato que sugieres, señor Paradox.
-    Pues empieza a hablar.
-    ¿Y por qué motivo he de comenzar yo?
-    Ya he descubierto uno de mis sueños; aquel del hospital.
-    Cierto.
    Entonces decidí contar a Paradox sueños recurrentes.
    <<Allá voy>>, dije: << El sueño se inicia en un parque de mi ciudad, un lugar hermoso y apacible; formado por árboles altivos y caminos en los que pasear. Me sentí cómodo,  era un sitio que había visitado; sabía regresar a casa desde allí. Me encontraba en compañía de unos compañeros de clase; debía contar doce o trece años. En el sueño era el mismo muchacho huidizo y asustadizo que, en el fondo, he sido siempre. El caso es que me aparté del grupo de compañeros con el que me encontraba; deseaba regresar a la cálida habitación en la que solía refugiarme. Entonces la escena cambiaba y, en las lindes del parque, había instalado un camping; me asusté un poco, mas pronto comprendí que se trataba del mismo campamento al que acudía de pequeño con mi familia. Recorrí las callejuelas de la acampada y deje atrás las caravanas de los extranjeros, que me miraban extrañados; aparté sus ropas, que colgaban de unas finas cuerdas. Quería salir y volver a casa. Seguí a un chico que corría más rápido que yo; llegué a un espacio cerrado, parecido a un gallinero. El chico del que hablo, señor Paradox, quedó atrapado conmigo entre esas cuatro asfixiantes paredes. Buscamos y hallamos una salida, una puerta destartalada. Un guardia nos impidió avanzar; recibimos una violenta reprimenda. En este instante vuelve a cambiar la escena; el gallinero ha dejado paso a un internado y el chico ha desparecido. Estoy aprisionado entre unos pasillos que recorro lo más deprisa que puedo. Hay miles de puertas de madera, de diminutas dimensiones. Sigo explorando el lugar hasta que entro en unos baños; una vieja me persigue. De repente se abre la puerta de un lavabo y veo a una adolescente; está asustada y tiene la cara desfigurada; han mutilado una parte de su boca. Sugiero que me acompañe. Viene detrás de mí. La vieja grita y nos lanza terribles amenazas. Salimos por la ventana del servicio. Hay un enorme montículo de basura, que se comba desde la ventana hasta la salida. Entonces la viaja se presentó ante mí; agarré un barrote oxidado e intenté proteger a la chica y mi propia libertad, pero unos guardias subían por la loma… Me desperté sintiéndome asfixiado y cansado >>.
    La salud de Paradox pareció empeorar a cada instante. Unas nauseas le invadían. Parecía a punto de vomitar. Como es obvio, el sueño que yo acababa de narrar él lo conocía por versar de la persecución; resultaba evidente, a su vez, que él no correspondería nuestro acuerdo y que guardaría su sabiduría onírica.
    <<Tranquilícese, señor. Si me lo permite, voy a continuar>> dije: << Este sueño me sobrevino años atrás y lo único que recuerdo es que enfadé a mi padre. Que chispa prendió su cólera lo desconozco; se mostraba iracundo y furioso, hasta el punto que amenazó con pegarme. Yo le desafié a que se atreviera. Entonces la escena cambiaba; yo andaba gobernando un humilde carruaje tirado por caballos. Un hombre, cuyo rostro jamás había visto,  apareció en la trasera del carro. Saltó en la paja y después sobre mí. Comenzamos una aguerrida pelea. Me pegaba puñetazos en la cara. Entonces saqué un cuchillo de cocina de mi bolsillo; de estos que apenas son capaces de cortar la piel de una manzana, señor Paradox. Le clavé el cuchillo en el costado y de la herida brotó un líquido espeso semejante a la miel. Aquel hombre desconocido tornó en la consabida figura de mi padre; había acuchillado a mi padre… Desperté horrorizado >>.
El viejo vomitó en el suelo de su grandioso palacio. Trató de decir algo aun de su boca salió un torpe balbuceo.
    <<Este es el último sueño que cuento. Usted se aprovecha de mi generosidad pero, ya que han sido tan hospitalarios conmigo en este palacio de las Montañas Nevadas, permítame que prosiga con otro sueño>> dije: << Recibí un encargo de la revista donde trabajo; debía escribir sobre un tal Paradox del que nadie, en realidad, había oído hablar. Sí, de usted, que es sólo el producto de un sueño y nada más>>.

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