12/31/2011

La pelea.


    Estudio en el Instituto de Lowered Pine, un minúsculo pueblo de leñadores del Oeste. Es una institución que reúne a los idiotas del condado, estudiantes que serían incapaces de escribir una redacción en condiciones. En el patio resulta sencillo observar diferentes clases sociales, a través de unos rasgos característicos: están los socs, que conducen coches de gama alta y llevan - de la zapatería al cine -  a las barbies, la sección femenina de los socs; los greasers son sus enemigos naturales, rebeldes sin causa con el pelo engominado; y, por último, los geeks – aficionados a los videojuegos, ciencia ficción, manga japonés y demás -. ¿A qué clase social pertenezco yo? Creo que a ninguna, nadie me ha invitado a su mesa durante el descanso para comer. 

    Tampoco es que me importe, sé buscarme las habichuelas. En casa… las aguas bajan como un río turbio después de una tromba descomunal. Es decir, piso el fango. Levanto y levanto las botas, para mantenerlas limpias, pero entonces el barro se convierte en arena movediza y me hundo, me hundo. Menos mal que leo y escribo, gracias al bolígrafo, el cincel, derrumbo las cuatro paredes de la biblioteca. Escombros. Historias que jamás tuvieron lugar. Otras vidas.

    Podría aprobar los exámenes si estudiara, si me importase tanto como a los demás parece importarles. ¡Oh, no! ¡He cateado biología, voy a suicidarme! Tengo otras cuestiones en las que pensar. La trigonometría, el álgebra y la química no sirven para salir del fango, al menos de momento. Quizás consiga aprender el método de preparar una bomba y vuele la estación eléctrica que se erige en las afueras, que surte al pueblo. Todo estaría oscuro, tranquilo, y a la luz de las cerillas podría leer los tomos tan aburridos que estudiamos: Historia americana del siglo XX. Vietnam, Corea del Norte, los felices años 20 y la mierda de años 80 que tengo que tragar. Abra, abra más la boca – parecen decir los profesores.

    Es caso es que, por haber abandonado los estudios, el máximo dirigente de los idiotas, el sumo sacerdote, el director, pidió que visitase su despacho. El señor Stone era un hombre mayor, de pelo entrecano, de una papada flácida que bamboleaba al andar. Supongo que cobraba un cuantioso sueldo por mandar a los idiotas. Mamá soltaba 50 centavos, cada cierto tiempo, para que cubriese mis gastos. 

    El despacho, bien iluminado por el ventanal, daba vistas al patio. Los campos de juego – fútbol, beisbol, baloncesto- presentaban un aspecto deprimente, al estar éstos abandonados. Tan sólo el conserje rompía esa sensación de vacío que producía mirar el patio desde allí; cortaba el césped, tirando de una vieja máquina. Aquello parecía un Oeste desprovisto de cowboys y Johns Waynes.

-    Señor Allsop, tome asiento – dijo el director.
-    ¿Qué quería? – pregunté luego de sentarme en el asiento de acusados.
-    ¿Cómo van las notas?
-    De fábula.
-  Veamos… - murmuró Stone mirando el papelerío de su mesa – ha suspendido cinco asignaturas y… ¿Dice estar contento con sus calificaciones?
-    Oh, claro, más feliz que un cerdo al encontrar una deliciosa trufa en el bosque – respondí intentando dibujar una sonrisa de media luna.
-    Bien, sepa que con estas notas será expulsado a final de curso. Claro que siempre puede aplicarse y mejorar.

    Pues sí que la había liado parda. Seguramente, pensé, amenazó con expulsarme para meterme el miedo en el cuerpo, para cerrarme el pico durante la clase – la verdad es que solía protestar, y a ningún director le agrada un estudiante contestatario-. Aplicarse… él podría aplicarse el cuento y llegar a ser profesor de universidad, miembro del consejo de facultad, incluso. Pero decidió pudrirse en un instituto de pueblo con un ratio mediocre de graduados. Mejorar… quizás si cesase de comer a la manera de un cochino dejaría de tener esa papada.

    ¡Careta, careta, careta de director asada! ¡También tenemos barbies, socs, greasers y fanáticos de la ciencia ficción a la plancha, fritos, cocidos con patatas y pimientos!

    Gastaría el último de mis 50 centavos en comerme su morro, hocicado, porcino, asado, de hijo de la gran puta. ¿Expulsarme? ¿Es que él nunca tuvo años flojos en los que estudiar supone un esfuerzo mayor que levantar a un hipopótamo del suelo con un dedo?  Él siempre fue perfecto y, si tuvo defectos, éstos rozaron la insignificancia.

    Stone se parece a mi madre. Llego a casa y quiere olerme el aliento para saber si he fumado maría o tabaco y así abroncarme. Lo mejor de todo es que ella fuma como una carretera Camel. Fumo y bebo cuando me sale de las bolas. ¿O qué? ¿Soy de su propiedad? Claro, ya conozco eso de: mientras vivas bajo mi techo harás lo que yo diga. Cualquier día de tromba la techumbre se hundirá e iré al arroyo y ella se quedará llorando. ¡Ay! Señor… y más tarde pedirá fuego a un perito. ¡Espera! ¡No tenemos seguro del hogar! De fábula.

    Stone vino a vernos durante la clase de literatura, a última hora. Era la única asignatura por la que sentía un verdadero interés: Kerouac, Cheever, Hemingway, todo maravilloso. Nos pedían resumir las obras y proporcionar una opinión personal. Nunca bajaba del ocho, en serio, a pesar de que puse en la redacción de On the road que pensaba que Jack estaba loco; que escribió la citada novela para ganar pasta gracias al hippy ese famoso que protagonizaba la obra. El último libro que nos habían mandado era Ulises. Menuda jodienda. ¿Unos muchachos de dieciséis años leyendo a Joyce? De completos chalados. 

    En el momento en que aparecieron las papadas de urogallo del director nos levantamos al unísono, como para recibir a un general del que todos pensasen: porque eres general que si no te metía dos hostias, a ver si cambiabas de jeta. Comentó que debíamos preparar no sé cuántas patochadas de vendedor ambulante para el cuatro de julio, día de orgullo y bla, bla, bla.

    Ni una palabra comprendí del discurso que cacareó el urogallo que quería expulsarme, ocupado en mirar a Tracy. Se sentaba delante de mí, y así miraba sus bonitas bragas, normalmente blancas, y también su culo y su cabello rubio. Imaginé cómo sería su coño, puesto que por entonces no había visto ninguno y pensé:

    Tiene que ser una cavidad, una pequeña y rojiza caverna del Colorado, en cuyas paredes crecerán hongos y estalactitas, donde ella accede a través de sus dedazos y provoca derrumbes.

    Me partía la caja pensando en el coño cavernoso de Tracy. El amor lleva a un túnel, según leí en Sábato, y el coño sería algo similar, supuse. 

    El reloj de clase marcaba ya las tres menos veinte. Vamos, un poquito más. ¡Tú puedes, nena! Mas la aguja parecía conchabada contra mis intereses, avanzaba aburrida. Perra. Esperé y esperé y cuando sólo restaban diez minutos para el timbrazo, noté que algo había impactado en mi cabeza. Era una bolita de papel chupado, que usualmente se disparaba con un bolígrafo vaciado. Soplabas por donde salía la punta y la bola de papel corría hacía el otro extremo, por la cañería. 

    Una falta de respeto. Aquí el respeto es vital, como en la cárcel. No iba a tolerar algo así. Busqué al culpable. Un cabeza de turco sobre el que cargar valdría también. A ver, Efram… imposible, y él tampoco. Me di la vuelta. Allí estaba Jeremy Wall con su cara sonriente y su apellido de sheriff. Se estaba desternillando, joder, había sido él. Hijoputa. Wall era un gordo cabrón que cateaba a mansalva. Tenía el rostro redondeado y los ojos diminutos, sin llegar a hundirse. Maldito.  De qué manera se reían de sus lorzas en el vestuario, antes de la clase de gimnasia.

    Continuaba riéndose y volviendo a estallar en carcajadas, ahora sin recato. 

-    Te espero a la salida… - dudé- en la esquina de la tienda de la señora Hoover – dije.
-    Tú mismo.

    Se movía como siguiendo círculos, pesadamente. Joder, pensé… si esta ballena se tira encima de mí o consigue asirme… estoy perdido. Así que comencé a moverme muy rápido, dando pequeños saltos, zigzagueando, y esquivando sus eventuales e indecisos puñetazos. Me lanzó un gancho con la izquierda, lo esquivé, y aún tuve tiempo de pegarle en la barriga. ¡Me cago-en-la-puta! Estaba relleno de grasa; sería imposible herirle de ese modo. Wall lanzó una patada y me rozó el lomo. Como el ballenato empezaba a sudar, decidió ir a por todas. Dio unos pasos hacia atrás, cogiendo carrerilla. Adiviné sus intenciones al instante: quería adquirir velocidad para agarrarme. Así podría tumbarme en el suelo de aquella fría esquina. Corrió, acercándose hasta mí, y justo a tiempo pude tirarme a la acera de la carretera. Me levanté. Busqué algo con lo que atizar a ese cabrón de Wall; mis puños, esta vez, no servirían. Cualquier cosa… ¡Mierda!, sólo atisbé unas malditas chinas desperdigadas en el suelo. Él seguía dando vueltas. Me temía, no se atrevía a darme el golpe de gracia y machacarme por si antes sacaba la faca. Aunque yo no llevaba una navaja conmigo, no era como esos greasers. El caso es que alguien alertó al personal del instituto y el conserje nos separó antes de que le partiera la cabezota a la ballena, sudorosa, jadeante.

Estaba jodido. 
 
Fui expulsado.
 
Pero sigo escribiendo como si fuera lo único que puedo hacer en casa, aparte de taparme los oídos para acallar los gritos de mamá.

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