Me reúno con algunos compañeros en un callejón cercano al instituto; son las ocho y veinte de la mañana, apenas hemos dormido; apuramos los cigarrillos y preguntamos qué temas entrarán en el examen que nos espera. Nadie ha estudiado lo suficiente o, al menos, todos se muestran inseguros; se muerden las uñas y repasan los apuntes, unos papeles arrugados que han sido subrayados la noche anterior. La histeria y la angustia reinan en el mundo estudiantil; el último año de bachillerato es el más jodido, siempre hay exámenes y sesiones preparatorias para la selectividad, charlas orientativas que imparten los relaciones públicas de las universidades con dinero. Dicen que nos queda todo por delante, qué podremos trabajar en lo que queramos si conseguimos un título de su respetuosa institución, pero conozco a licenciados con empleos en cadenas de comida basura.
Vemos cómo se acerca el profesor; porta una cartera y sonríe.
Cuando los estudiantes aplicados ya han plasmado su nombre en los folios del examen, entramos el resto de alumnos matriculados en la asignatura; aunque faltan varios, que han decidido que la opción más apetecible consistía en tirar dardos y beber cerveza en un bar. Quizás tengan razón y sean más inteligentes; al fin y al cabo de lo que se trata es de ser feliz, de perseguir los anhelos que cada uno albergue.
El profesor señala que, en la próxima ocasión en que lleguemos tarde, impedirá que realicemos la estúpida prueba; ésta es de lengua y literatura, conque la primera cuestión es un texto sobre la poesía social. Entonces se supone que debo empezar a escribir sobre la colectividad y los llamamientos a unos camaradas que perecieron en una lucha infructuosa; dichas obras pronto quedaron postergadas a los estantes menos accesibles de las librerías.
Observo como los demás se afanan en rellenar el máximo espacio posible; algunos se detienen, muerden el bolígrafo; el sudor recorre sus rostros de facciones nerviosas y excitadas.
La siguiente pregunta es sobre la generación del 27. Intento recordar quién posaba en aquella fotografía del tema 13. Creo que eran Salinas, Aleixandre y Dámaso Alonso entre otros; escribo sus nombres, pero a continuación me detengo. El ruido de los bolígrafos sobre las mesas me exaspera; escucho estornudos, el tosido de una chica que ya ha pedido más folios, narices que sorben cada pocos segundos, sillas que chirrían cuando un compañero se mueve lo más mínimo, susurros casi imperceptibles que buscan la respuesta sin merecerla y los bostezos de aburrimiento y sueño que consiguen desconcentrarme por completo.
El profesor, que ha estado vigilando desde el fondo del aula, desde donde se posee una visión más amplia de los posibles movimientos prohibidos, se pasea ahora por los pasillos; anuda sus brazos en la espalda y hojea nuestros exámenes, el mío sólo muestra dos líneas y el profesor hocica el morro cuando lo ve. Piensa que soy un inútil.
La tercera cuestión requiere analizar una frase,
Las casas que reciben mucho sol resultan alegres.
Yo vivo en la calle Ávila, enfrente del circuito de motocicletas; los haces luminosos acceden por las rendijas de las persianas que abro para que papá llegue puntual al trabajo. Antes recojo las botellas que se esparcen por el suelo, que se han derramado por la alfombra. Zarandeo el cuerpo de mi padre hasta que se despierta y el sol ciega su adormecido y atormentado rostro; entonces se da media vuelta y pide con un balbuceo que le deje tranquilo.
Más tarde saco la basura. Odio el tintineo de las botellas de cerveza, que chocan entre sí. Regreso a mi luminoso hogar y papá sigue tumbado en la cama, está roncando como una motosierra. Enciendo mi cadena de música y aumento el volumen hasta que advierto sus quejidos. Entonces meto los libros en la mochila y salgo en dirección al instituto; entregaré otro examen casi en blanco, no me importa demasiado porque a nadie parece importarle mi futuro.
Quizás debiera dibujar una línea en la proposición subordinada adjetiva
que reciben mucho sol,
pero lo único que deseo es que suene el timbre que ejecute ese ritmo salvador, entregar el examen, que termine la prueba, porque soy incapaz de cargar con un peso que me aplasta; una casa, una familia cuyos pilares fueron fragmentados y cuya estructura puede derrumbarse en cualquier momento. La oscuridad se cernirá; atisbo a la sombra que va acercándose y que acecha desde la esquina. Lo más seguro es que repita curso y que mi padre pierda su empleo; lo verdaderamente poético es dotar al dolor de sentido a través de estas líneas que estoy escribiendo, que probablemente nadie leerá porque lo que advertirán será a un joven que fracasó y se hundió por no haber obtenido títulos, por apartarse del fantástico camino que se presenta ante cualquier estudiante. La senda que yo sigo es la senda del perdedor, cuyas lindes andan sembradas de botellas de cerveza, poemas inacabados y un aislamiento asfixiante, locales inmundos y obstáculos que se irán erigiendo cada vez con una fuerza mayor.
Me levanto de la silla, procurando evitar cualquier ruido. Dejo el papel sobre la mesa del profesor, que agarra con suavidad mi brazo y pregunta
- ¿Qué ha pasado?
- Desconocía las respuestas.
- Tienes que estudiar más.
- Lo sé.
- ¿Y sabes que te mueves en la cuerda floja?
- Sí.
- Pues aplícate.
que reciben mucho sol,
pero lo único que deseo es que suene el timbre que ejecute ese ritmo salvador, entregar el examen, que termine la prueba, porque soy incapaz de cargar con un peso que me aplasta; una casa, una familia cuyos pilares fueron fragmentados y cuya estructura puede derrumbarse en cualquier momento. La oscuridad se cernirá; atisbo a la sombra que va acercándose y que acecha desde la esquina. Lo más seguro es que repita curso y que mi padre pierda su empleo; lo verdaderamente poético es dotar al dolor de sentido a través de estas líneas que estoy escribiendo, que probablemente nadie leerá porque lo que advertirán será a un joven que fracasó y se hundió por no haber obtenido títulos, por apartarse del fantástico camino que se presenta ante cualquier estudiante. La senda que yo sigo es la senda del perdedor, cuyas lindes andan sembradas de botellas de cerveza, poemas inacabados y un aislamiento asfixiante, locales inmundos y obstáculos que se irán erigiendo cada vez con una fuerza mayor.
Me levanto de la silla, procurando evitar cualquier ruido. Dejo el papel sobre la mesa del profesor, que agarra con suavidad mi brazo y pregunta
- ¿Qué ha pasado?
- Desconocía las respuestas.
- Tienes que estudiar más.
- Lo sé.
- ¿Y sabes que te mueves en la cuerda floja?
- Sí.
- Pues aplícate.
(Qué le den por culo)
(Qué se aplique su puta madre)
Y entonces bajo corriendo las escaleras.
genial!!
ResponderSuprimiruna crítica que demuele y un grito que sobrevive... desde ese prisma sutil y fiero a la vez.. que desde lo cotidiano hace la pólvora
me encantó