7/31/2010

La colina de los árboles venenosos.


“Colina de los árboles venenosos” es el nombre que, en idioma jemer, se refería al centro de exterminio y tortura de la Kampuchea Democrática (1975-1979).

Entramos en el recinto. Hay un jardín sobre el que escarpas afiladas, apuntadas como lanzas, esperan al enemigo de la nación. Es colonial, emana un refinado aspecto francés. También veo cuervos que obtienen sus preciados fluidos oculares. Se apiñan sobre los huesos; hay fémures, esternones, y millares de cráneos desparramados por la superficie. Mis botas de reglamento chocan contra ellos, veo unos que son considerablemente pequeños. Son calaveras de niños y niñas de corta edad.

Varios postes se levantan, son de madera curtida. De ellos emergen diferentes injertos metálicos de los que cuelgan unas bolsas. Es el veneno.

La entrada cada vez se distancia con más fuerza. Nuestra nave debe remar deprisa contra la marea. Con ayuda del catalejo pirata, diviso unos corredores sobre los que una red extensa se difunde. Imposible escapar una vez caído prisionero.

Una vez dentro no puedo parar de correr y mirar a todos lados. Es algo frenético, imposible. No sé en que planta estoy. Hay salones, pasillos infinitos estructurados en planchas metálicas puntiagudas que van variando de posición. Como un aspirador, si pasas en el momento equivocado las aspas pueden rebanarte. Veo sillas e incluso camastros conectados a máquinas proveedoras de electricidad. Observo una superficie de madera sobre la que tumban a los presos para derramar agua sobre sus caras. Advierto las celdas, inusitadamente angostas, en cuyas paredes hay impresos gritos y lágrimas. No puedo detenerme a estudiarlas.

Sigo sin saber en que planta me encuentro. Abro cajones, guardados por contraseñas antiguas con forma de pico irregular. No tengo las llaves de ninguno, mas consigo abrir uno. Veo fichas electrónicas que mi ordenador interpreta con sus circuitos. Hay fotos, multitud de instantáneas de víctimas. Veo una mujer con su bebé en brazos. Me caigo al suelo. Tengo que irme de aquí.

Bajo por las escaleras de caracol lo más rápido que puedo, no tengo tiempo para prestar atención de la decoración pero una cristalera atrae mi cabeza hacia ella.  Son cráneos apilados y expuestos al consumidor. Una nausea recorre mi cuerpo y vomito.

La colina donde la naturaleza se ha envenenado con la sola ayuda de la maldad, la degeneración del ser humano. Bienvenidos a la tierra santa de Duch.

4 comentarios:

  1. Hola :) personalmente la imagen de la madre con el bebé me hizo llorar, se me olvidó ponerlo pero es cierto que ahora es el Museo de Crímenes de Guerra. Al entrar ahí tiene que pegarte un bajón que lo explicas muy bien, se te tiene que remover todo por dentro.
    Me quedo con la duda de si has estado, porque tal y como lo cuentas parece que sí pero claro uno no va a Camboya así como así.

    No he leído lo que me enviaste porque estaba mosca, me jode muchísimo que me echen menos años de los que tengo, pero tengo intención de leerlo y te daré mi opinión, pero vamos visto lo visto será bueno fijo, chao.

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  2. Con permiso voy a poner un enlace hacia esta entrada, y quita eso de que es malo porque no lo es, eres un poco cruel contigo mismo :)

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  3. Vir muchas gracias por poner el enlace. Me hace ilusión ;).

    Nunca he estado allí pero tiene que ser horrendo contemplar las pruebas del genocidió camboyano. Yo con la foto de la madre con el bebé también me quedé pillado. ¿Cómo pueden darse esas cosas?. El ser humano se convirtió en una máquina de matar.

    Siento heberte echado menos años de los que tienes, de verdad que no era mi intención ponerte mosca. Te pido disculpas.

    Ah! y pulsé el botón de "Malo" sin querer jaja.

    Un saludo.

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  4. jaja no pasa nada, en realidad debería gustarme que me echaran menos pero sinceramente no.
    Es horrible, encima van y les juzgan ahora que han pasado 30 años y sólo quedan cuatro vivos, y cuando haya sentencia firme tendrán 90 años y ya qué les van a hacer? pues nada, igual que con Pinochet o el de Argentina que no recuerdo el nombre y tantos y tantos, en fin, un beso :)

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